De la residencia a casa por Navidad

“¿Ni siquiera un beso pequeñito?”, pregunta Benita, de 91 años, al salir de su residencia en el barrio madrileño de Usera. Su nieto se niega, mejor con el codo le dice. “Ya, pero eso no es lo mismo”, refunfuña, con lo besucona que ella ha sido. Van a ser unas navidades muy distintas para Benita. Nada más llegar a casa de su hija María Jesús lo comprueba. Lo primero que nota es que ni su nieto, ni sus dos hijas, se quitan la mascarilla en ningún momento. Tampoco hay villancicos de fondo y procuran no alzar la voz. Tienen todo el día la ventana abierta como medio palmo, lo suficiente para que se ventile toda la casa pero no entre frío. Además, como ya no puede estar mucho tiempo de pie, a lo único que puede ayudar es a pelar alguna patata o a supervisar a su hija desde la otra punta de la cocina. Por no hablar de que hasta los turrones van precintados en formato individual. Sin embargo, nada supera que este año no sean cinco a la mesa. “Mi padre falleció el 26 de marzo de coronavirus. Intentaremos no mencionarlo mucho, haremos como que siempre fuimos cuatro”, comenta María Jesús.

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