La historia de las mascarillas se repite. Al comienzo de la pandemia las autoridades sanitarias no recomendaban su uso —en parte— porque no había capacidad de suministro a todos los ciudadanos. Casi un año después se siguen permitiendo cubrebocas no médicos, a pesar de que los expertos consultados aseguran que estos son más seguros, teniendo en cuenta lo que se sabe hoy de la transmisión del virus, y especialmente, con la circulación de variantes más contagiosas, como la británica. Pero si las teóricamente más eficaces para frenar contagios, las FFP2, fueran obligatorias para todos, probablemente no habría capacidad de producción suficiente, confirma a EL PAÍS la Asociación de Empresas de Equipos de Protección Individual (Asepal).
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