La ciencia sigue

Empecemos por la zanahoria. El coronavirus muta, y en ocasiones eso resulta en una variante que se propaga más que la media de sus competidores, los infortunados coronavirus que no llevan la mutación. Hay un mutante británico, uno sudafricano y otro recién detectado en Japón que proviene de Brasil. Pero no hay que preocuparse, porque esas mutaciones no afectan a la capacidad de las vacunas para hacerse pasar por el agente infeccioso, que es a lo que aspira toda vacuna. Si lo hace bien, nuestro sistema inmune cae en la trampa, reacciona contra la vacuna y se queda preparado por si luego llega el virus de verdad. Los virus mutan, es su forma de vida, y nos ofrecen un modelo acelerado de la evolución biológica. Una pequeña ventaja en la propagación se convierte a lo largo de las generaciones en una cepa dominante. Y si nosotros medimos una generación en 20 o 30 años –el tiempo que nos cuesta reproducirnos—, el virus la cuenta en 20 o 30 minutos. Mientras no afecte a la eficacia de la vacuna, miel sobre hojuelas. Hasta aquí la zanahoria.

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