La pesadilla de morir asfixiado en los hospitales de la Amazonia

El guarda de seguridad con chaleco antibalas que corre seguido por una mujer sujeta con extrema delicadeza el cilindro azul, como si fuera un bebé. Es oxígeno. Ambos avanzan bajo un sol abrasador hacia un coche. “Es para mi madre”, responde Afra Benedito, de 46 años. Cuenta angustiada que la bombona ayudará a la señora Fátima a respirar durante cuatro horas más. Con 71 años, el coronavirus la dejó viuda hace unos días y ahora extingue su vida en Manaos, la capital de la Amazonia brasileña, donde la pesadilla de morir asfixiado se ha convertido en cruda realidad en hospitales y hogares.

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