Las cicatrices de Wuhan un año después

Las caras de los difuntos, grabadas en gris, miran tranquilas desde sus lápidas negras, tan nuevas que aún relucen. Ante algunas hay bastoncillos de incienso quemados, indicios de una visita reciente. En otras, una piedrecita sujeta fajos de billetes de pega para que, según la tradición china, el muerto pueda usarlos en el otro mundo. Varias muestran una foto a color, sujeta aún con cinta adhesiva. En esta ladera del cementerio de la colina de Biandanshan, el mayor de Wuhan, la gran mayoría de los enterrados murió en los mismos meses: enero, febrero y marzo de este año, el pico de la pandemia aquí. Muchos fallecieron en la sesentena, la cincuentena o incluso más jóvenes. La covid no se menciona en sus epitafios. Tampoco hace falta para saber qué es lo que se llevó a muchos de ellos.

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«¡Por supuesto que el virus no empezó en este mercado!»

En ninguna parte la tristeza que dan los comercios cerrados es más evidente que en las cercanías del mercado de marisco Huanan, la “zona cero” de la crisis, desde donde en las primeras semanas se creyó que pudo empezar a propagarse el virus.

La planta baja, donde se vendían todo tipo de animales, permanece cerrada desde entonces. Las vallas que impedían el acceso de manera provisional han sido sustituidas por otras de aspecto permanente, azul turquesa. Sobre la garita del guardia alguien ha pintado las letras SB, iniciales de ‘sha bi’, gilipollas, en mandarín. Muchas tiendas de los alrededores cuelgan carteles de “se alquila”. Solo han retomado la actividad las tiendas de la segunda planta, a la que se accede por una escalera lateral. Hay una veintena de ópticas, en las que se puede entrar tras tomarse la temperatura y comprobar la aplicación de salud en el móvil.

Una tarde cualquiera no hay más de un puñado de clientes. Aburridos, algunos de los dependientes dormitan sobre sus mostradores. Otros se abalanzan sobre todo aquel con aspecto de comprador. Al fondo, en la semioscuridad, está bloqueada una escalera que comunica con la planta prohibida. Un guardia de seguridad surge de la nada: “¡Fuera de ahí! ¡O viene a comprar gafas o se larga!”.

“Miedo no, ya no tenemos. Al principio, cuando se empezó a saber que la cosa era seria, quizá sí. Pero ya no. Han desinfectado el mercado de arriba abajo varias veces y, desde que abrimos en mayo, no ha habido incidentes. No hay sitio más seguro que este”, afirman los dependientes de la óptica Xiamei. El negocio, admiten, no va bien. “Vienen los clientes que nos conocen de siempre. Nuevos… no. Aún hay gente a quien le preocupa la fama del mercado”.

Nadie sabe si el mercado de mariscos de Huanan volverá a abrir algún día. La OMS quiere examinarlo a fondo y ha subrayado que “continúa sin estar claro” si fue el origen de la pandemia, aunque sí cree que funcionó – en palabras de su portavoz, Mike Ryan- como “un punto de amplificación” del virus.

“¡Por supuesto que el virus no empezó en este mercado! ¡Trabajé 10 años y jamás hubo ningún problema!”, exclama el señor Cui (nombre ficticio), uno de los comerciantes que trabajaba en Huanan. Como varias docenas de los 653 vendedores de allí, se ha instalado en uno de los puestos que les ha ofrecido el Gobierno municipal en uno de los mayores mercados de abastos de la ciudad, Hankoubei, lejos del centro.

Su madre evoca aquellos difíciles días de diciembre, cuando comenzaron a surgir los casos de lo que entonces se consideraba una neumonía extraña. 27 de 41 personas entre los primeros casos estaban relacionadas con Huanan, según un estudio posterior. Algunos eran vendedores. “Todos estábamos preocupados”, recuerda la mujer. “La gente se quejaba de que le costaba respirar, se sentía mal, y cada vez oíamos de más casos”.
El cierre llegó repentinamente. En Huanan, donde se vendían desde salamandras hasta ciervos zika, vivos o muertos, para su uso en medicina tradicional china o para acabar servidos como delicia en la mesa de un millonario, los vendedores tuvieron que abandonar sus locales precipitadamente, muchos aún con el género dentro. Incluso después de varias rondas de desinfección, de tomas de muestras y de diversas inspecciones, el hedor se prolongó durante meses. En abril, cuando se levantó el bloqueo de Wuhan, aún era perceptible a través de las mascarillas.

“Durante un mes estuvimos mano sobre mano, no teníamos dónde trabajar. Después nos ofrecieron venir a Hankoubei. No está mal y el alquiler del puesto es más barato. Pero nos gustaría volver a Huanan, ya lo conocíamos bien, nos conocían y era más céntrico”, explica el comerciante. Hankoubei, como el resto de mercados mayoristas, permaneció abierto durante los 76 días de encierro de Wuhan, para garantizar el suministro de alimentos de la población.

Los vendedores aseguran que las medidas de control se han endurecido desde el comienzo de la pandemia. Se les toma la temperatura con regularidad y las inspecciones son más meticulosas. En Hankoubei se venden peces, tortugas y diversas especies de mariscos vivos, pero no otros animales.

En otra área del mercado, Zhu, que prefiere no dar su verdadero nombre, se lamenta del cambio desde Huanan. “Suministraba a hoteles, restaurantes… todo eso lo he perdido y he tenido que volver a empezar. No es fácil. No nos dieron ninguna compensación cuando nos obligaron a cerrar. Yo estoy convencido de que el mercado no fue el origen del virus, la gente sabía lo que hacía. Pero si lo fue, todos dicen que vino de algún animal salvaje vivo, o de algún producto congelado. Yo nunca he vendido ni una cosa ni la otra, pero estoy pagando el pato”.

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