“Somos el último eslabón. Si se rompe, el paciente muere”

Cuando abre la puerta de la UCI del hospital La Fe de Valencia, el médico intensivista Ricardo Gimeno se pregunta qué le deparará el día. Si llegará un paciente con cara de terror, esa cara que no había visto antes del coronavirus. Si tendrá que echar mano de su optimismo para hacerle observar a una joven enfermera derrumbada lo crucial que es su tarea. O si ocurrirá lo peor: incumplir esa promesa —”saldrás de esta”— que le hizo a un enfermo antes de intubarlo. A su izquierda, las 34 camas de la unidad. Todas ocupadas por enfermos críticos de coronavirus. Cada uno es una incógnita. Y una tremenda exigencia. “Con ellos pasas de la alegría a la pena porque empeoran muy rápido y al revés”, relata Gimeno, jefe de sección, de 46 años, “la mayoría son jóvenes o de mediana edad, y sanos, esto no es una enfermedad de abuelos. Hace 15 días estaban perfectos y ahora se enfrentan al peor lance de su vida. Es muy frustrante”.

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La endémica escasez de personal del sistema sanitario

“En cada guardia me pregunto cómo voy a resolver esas 24 horas, si voy a tener que utilizar los respiradores de quirófano, que están pensados para ser usados unas horas, mientras operan al paciente, y que no son tan precisos y tan sensibles como los nuestros”. Un médico intensivista de otro hospital de la Comunidad Valenciana, que pide anonimato, describe la situación en su centro: “Nosotros estamos al 200% de ocupación. Hemos doblado. Y no se trata de poner camas en cualquier sitio, porque ni la enfermera está preparada —no está tan habituada a detectar las señales de peligro, por ejemplo, ante las que hay que actuar de inmediato— ni el sitio es el adecuado y eso tiene consecuencias”, se lamenta, “y luego llegan enfermeras procedentes de la bolsa de contratación que les gusta la UCI, pero después las mandan a otros sitios. ¿Cómo puede ser posible? Tampoco se cubren las bajas, que son constantes ahora. Y yo hago guardias a 17 euros netos la hora, guardias agotadoras”.

La covid-19 vino a destapar las vergüenzas del sistema sanitario —con una endémica escasez de personal y precariedad— y ahora, en la tercera ola, amenaza con colapsarlo de nuevo. “Estamos desbordados, con un agotamiento tremendo”, continúa el doctor, “nadie se puede imaginar lo que estamos viviendo”. Y no tanto, dice, por los exigentes pacientes que ha traído la covid: “No nos están cuidando nada. Y la población tampoco. Sufrimos un desgaste profesional intensísimo. Los políticos repiten que hay que cuidar a los que cuidan pero nuestros gerentes no lo hacen, luchamos a contracorriente”.

El médico asegura que es un comentario común entre colegas esos signos de fatiga que padecen. “Dormimos mal y nos notamos más irascibles, cada vez menos tolerantes. Es un cansancio acumulado ya en todos nosotros, que se nota en el día a día, tres 11 meses de esfuerzo”.

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