Superar un aborto espontáneo: no es fácil, ni rápido ni se olvida

Mi aborto espontáneo, mis miedos y mi duelo

Todo empezó en junio de 2016, (perdonad la tardanza en compartir mi experiencia, pero hasta que no he vivido de nuevo ese miedo no he tenido fuerza para compartirlo) cuando decidimos “ponernos a la búsqueda”.

Usábamos el parche anticonceptivo y los médicos únicamente nos recomendaron ácido fólico mínimo 3 meses antes y, retirar el parche cuando quisiésemos. No debíamos descansar, ni reposar ni nada. Así lo hicimos: en marzo empezamos con el ácido fólico, en mayo retiramos el parche, en junio enganchamos y en julio nos enteramos de que estábamos embarazos.

¡No podíamos estar más felices! Jamás nos habíamos hecho un Predictor antes y era positivo! Teníamos una boda ese día y fuimos los más felices del mundo sin beber, sin comer jamón y sin el “todo” que oyes por ahí.

Photo by Clarisse Meyer on Unsplash

Iban pasando los días y se acercaba la primera revisión. Tenía que hacer las 8 semanas (estaba mucha gente de vacaciones y con 6 semanas en ocasiones aún no se ve nada). 2 días antes sucedió: me desperté y tenía una mínima mancha en la braguita. Cuando digo mínima, es lo más mínima… apenas se apreciaba. Empecé a llorar en el baño aterrorizada y llamé a mi marido. Corriendo nos fuimos al hospital público que tenemos aquí al lado de casa. Fue horrible: no dejaron que entrase mi marido, el trato fue vergonzoso, el diagnóstico falso… en fin, un cúmulo de circunstancias que como primerizos no sabes. Nos dijeron que era un sangrado de implantación, FALSO. Es decir; era imposible porque había latido. O estás con la implantación (3-4 semanas) o estás manchando (con riesgo) porque hay latido. El tratamiento fue, vida normal sin sexo.

Acto seguido llame a mi ginecóloga del privado. Me hizo leerle el informe y me dijo que nos veíamos al día siguiente si todo seguía así. Que comprase progesterona y me la pusiese pero que estuviese tranquila. Fui a merendar con mis compañeras y de golpe… cuando ya nos íbamos, después de una horchata, debajo de árboles centenarios y celebrando que “garbancit@ 1” estaba en camino, note como si me bajase una regla abundante abundante. Pedí que me acercasen a casa, tenía mucho miedo. ¿Estaba abortando? ¿Tanto hay que sangrar al implantar? ¿Estaríamos bien?

Llegue al baño y efectivamente, era una regla como si de una adolescente se tratase. Llame a mi cuñada (ella había vivido hacía poco algo similar) y subió a casa al minuto (solos vecinas) me abracé llorando como nada, estaba aterrorizada, de verdad. Nunca había pasado tanto miedo. Llame a mi padre y vino a recogerme para ir al hospital mientras mi marido venía (pobre con un miedo también horrible) lo más rápido que podía del trabajo. Tardo menos mi marido al hospital que nosotros. Se me hizo eterno el camino en coche.

Por fin nos vieron. Nos hicieron una eco y confirmaron que estaba con riesgo de aborto pero el bebé estaba bien. Me decían que yo era joven (29 años) y que puede haber sangrados. Confirmábamos que estábamos de 8 semanas. Requería reposo absoluto así que decidimos quedarnos ingresados 3 días.

3 días, eternos 3 días. Progesterona, mucho líquido, mucha agua, mucha caña… y mucho mucho llanto. Casi 12-24 horas nos hacían una eco, había latido, seguían los sangrados. No entendía nada. No era eso bonito que me hablaban del embarazo, ese momento tan especial… nosotros queríamos estar juntos y que saliese adelante. Nos mirábamos, empapados los ojos en lágrimas nos apretábamos fuerte las manos y no perdíamos el ánimo ni la esperanza. Nos decían que el ánimo era fundamental para el bichito que estaba en camino. Así hicimos: peleamos por ese bichito como nunca habíamos luchado y quizá ahí entendimos por primera vez que era la paternidad y cómo se podía sufrir de esa manera.

Paso el día 2 y cambio de ginecóloga y profesional. Nos ve y nos dice: “ya está, lo has tirado todo” cero de tacto, cero de todo. No entendíamos nada. No había sangrado más que los dos días anteriores ni más dolores ni más nada. Pedimos otra eco y efectivamente había latido del bebé. Nos piden disculpas y de nuevo a la cama.

Noche 3: horrorosa. Los pinchazos en el bajo vientre eran cada vez más intensos y cada vez más frecuentes. No cesaban y en ocasiones acompañados de un sangrado que se notaba salir. Efectivamente: estábamos abortando. No habíamos podido “aguantar” a nuestro bebé. Nos dan el alta… parece que lo “hemos hecho tan bien” que estoy limpia y no necesitamos legrado ni nada.

A los 3 días vamos a mi ginecóloga a comprobar que todo está bien. Todo era correcto y nos explico todo el tema estadístico, la frecuencia de abortos y enfatizó en “la suerte” que habíamos tenido de “enganchar a la primera”. En ese momento no entendíamos de suerte, ni de consejos, ni de nada. Solo necesitábamos estar los dos juntos. Abrazarnos y que pasase rápido el tiempo. Que volviese la regla, la normalidad y volviésemos a intentarlo.

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En ese camino las dudas y miedos: ¿podremos ser papas? ¿Y si mi cuerpo no quieres bebés y al próximo pasa igual? ¿Y si vuelvo a tener otro aborto? – la medicina pública no tiene protocolo hasta el aborto número 3. Se me hacía un mundo pensar en 3 abortos. No sabía si iba a ser capaz. Mi ginecóloga del privado me dijo que de eso nada: que allí desde que diese positivo otra vez hasta la semana 12 me vería semana si, semana no. Me tranquilizaba mucho ir a mi ginecóloga y me ponía muy nerviosa la matrona del ambulatorio. Decidí no volver a la matrona más.

No bajaba la regla… otra vez más miedos. Teníamos que esperar una regla y nada, no bajaba y no venía… al final ¡llegó! Nos dijeron que tras un aborto podías tener la siguiente regla hasta pasados 40 días. Así fue. Una regla extraña, pero la pasamos con ilusión. Era la primera regla tras el aborto y teníamos que describírsela a la ginecóloga para que todo estuviese en orden. Así fue.

Pasaban los días y no bajaba la que ya podía ser nuestra siguiente oportunidad en esto de la maternidad. Hicimos predictor tras retraso y… predictor negativo. Una pena horrible porque el único que habíamos hecho había sido positivo. No sabíamos que camino venía ahora y cuánto íbamos a necesitar llorar. Fuimos a revisión por el retraso y efectivamente, tras tanto chute hormonal con embarazo, aborto, regla abundante… tenía muchos óvulos en el ovario y no permitían la menstruación. Así, me dieron unas pastillas que provocaron la regla y… se acabaron las penas.

¡Vámonos de viaje! Tenemos que desconectar. Los viajes son la mejor medicina. Nos fuimos con unos amigos de siempre a Bilbao ¡fue un viaje increíble! Una amiga nos recomendó un restaurante único, unas langostas, un trato… fue un regalo a versión 1.0 (así seguimos llamando a nuestro aborto espontáneo) inolvidable. Pasamos unos días únicos entre chacolí y buenos pintxos. Y a las dos semanas, una escapada los dos a Escocia. Cierto es: viajar es la mejor terapia, mejor medicina y mejor todo. ¡¡Volvíamos embarazados!!

2 reglas después del aborto estábamos embarazados de Mateo. Los miedos volvían sin dejar paso a la ilusión. Lo contábamos a la familia y amigos más cercanos pero con cuentagotas. Fuimos a la eco 6, había latido y todo bien. Eco 8… todo bien. Eco 12 ¡habíamos pasado el primer trimestre!

Habíamos superado ya los miedos de perder como en 1.0. (Esa semana 8 del embarazo de Mateo fue eterna). 1.0 siempre estaba con nosotros. Llego marzo del 2017 (cuando tendría que haber nacido 1.0), no nos olvidábamos. Siempre con nosotros para darnos aún más fuerza, ánimo y vida a su “hermanito/a”.

Hasta final de julio no teníamos nombre. Todo se hacía con mucho cuidado, todo se compraba con mucha cautela y siempre siempre teniendo en mente la primera experiencia. Y… llega el día ¡17 del 09 del 17! Mateo está aquí: con toda su fuerza, su amor y otro pase de miedos que nada tenían que ver con los anteriores. Estos eran bonitos, cansados, emocionantes… habíamos sido papas!! Tenían razón, un aborto no es más que un signo de fertilidad. Es poder crear vida y es un intento a la genética. Volver a intentarlo, no perder el animo y dejarse aconsejar solo por una persona: la que sea pero una de confianza. Intentar salir del bucle de la pena sin olvidar nunca a 1.0.

Y… 2 años después ¡aquí estamos otra vez! Embarazados, ya de 16 semanas. De una nena y… os aseguro que la semana 8 fue igual de dura que con Mateo. Que cada vez que he ido al baño en este embarazo he mirado no haber manchado. Cada pipí nocturno ha sido con luz encendida. Cada pinchazo un recuerdo… todo.

Esa primera versión siempre estará con nosotros y lo que nos hizo esa pena es tener más ilusión. Querer compartir con cercanos nuestra experiencia, a nosotros nos ayudó saber que no éramos “raros” y que la gente también perdía bebés y tenía abortos. ¿Qué pasaba entonces que no sabíamos de estos abortos? – que la gente cuenta lo bueno, lo bonito. Pero esto, aunque sea duro. Es una etapa más del embarazo. Un aborto es una toma de conciencia, es una vivencia única de la pareja que la refuerza, es un siguiente embarazo quizá multiplicado por 100mil de intensidad, es un recuerdo de ese latido que siempre estará en la familia y que, aunque solo fuesen 8 semanas, fueron las primeras 8 semanas de formar lo que estamos formando: nuestra familia, ilusión y futuro.

Autora: María P.

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