Vida y muerte en Las Tablas de Daimiel

El tablazo, el corazón del parque nacional de Las Tablas de Daimiel, permanece seco desde la primavera de 2018. Su lecho de casi 40 hectáreas se ha convertido en una selva laberíntica y cerrada de carrizo (una especie de caña) y taray (un árbol que se mantendría en la orilla si hubiera agua), que puede llegar a medir en dos años cuatro metros. El problema se repite por todo el parque: solo hay agua en 254 hectáreas, un 15% de las 1.750 que conforman el humedal, y gracias al bombeo que se está realizando desde el acuífero sobre el que está el parque como medida de emergencia.

FOTOGALERÍA: La sequía de las Tablas de Daimiel

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Pérdida de biodiversidad y olvido colectivo

“¿Los Ojos del Guadiana? ¡Ah, el instituto!”, contesta Fátima de 19 años cuando se le pregunta por el nacimiento del río. “Sí, he ido a Las Tablas varias veces, pero no sé donde están los Ojos”, se excusa. Tampoco es extraño porque cada vez es más complicado contemplar el afloramiento de agua subterránea, origen del Guadalquivir, al estar seco la mayor parte del tiempo. Esta respuesta es una muestra de que “a la pérdida de biodiversidad que supone el deterioro del parque nacional, se suma el olvido colectivo de cómo era el entorno”, explica Miguel Mejías, científico del Instituto Geológico Minero (IGME), que controla los niveles de las masas de agua del acuífero del que dependen Las Tablas desde hace más de 25 años.
Ahora están realizando el seguimiento de cómo evoluciona al sacar agua para llenar una parte de las Tablas de Daimiel. Se está bombeando desde 10 de los 21 pozos de emergencia que existen, “aproximadamente 1 metro cúbico por segundo, 1.018 litros”, concreta Mejías. El IGME mide los niveles en puntos muy próximos a las tablas, a hasta 5 kilómetros de distancia, y en un entorno máximo de 20 kilómetros. “Estamos observando que se produce un descenso del nivel de agua superior a 3,5 metros en la margen derecha del río Guadiana, en zonas muy próximas a los pozos de bombeo”, explica.
Califica la bajada de nivel de “relativamente importante”, al producirse muy cerca de la zona de bombeo”. Cuando uno se aleja de esos puntos cuatro o cinco kilómetros no se nota nada. “Encharcamos la superficie, pero empeoramos el terreno de abajo, por eso decimos que los bombos son un parche no una medida estructural”, añade. Se van a extraer unos 10 hectómetros cúbicos hasta finales de diciembre para mantener el encharcamiento y para la agricultura y abastecimiento se destinarán algo más de 90. “Esto implica que estamos cogiendo un 10% más de lo que se usa habitualmente”.

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